sábado, 24 de octubre de 2015

Visita express a Portugal

Venía cocinando una ruta por el norte de Portugal desde hacía tiempo y no se me lograba. El empujón definitivo fue enterarme que Miranda do Douro conserva un idioma propio, el mirandés, con bastantes similitudes con el asturiano y sobremanera con lo que se habla en el suroccidente de Asturias. Había que comprobarlo.

Dejé Asturias enterrada en niebla, muy densa, de la que moja, de la que no te deja ni adelantar a los camiones de Pajares. El sol agradable de León se iba convirtiendo en fuego del averno a medida que me acercaba al secarral zamorano. En Benavente paro a mojarme por dentro en la terraza del primer bar que encuentro. Me siento al lado de un chaval de noventa años.

- ¿De dónde vienes con el amoto? ¡Qué buen día tienes hoy, eh!
- De Gijón.
- ¡Coño! En Gijón trabajé yo muchos años. Llevaba un dúmper.
- Anda, qué casualidad.
- Sí, sí. Y un día en Tremañes me reventó una rueda y me llevé una casa por delante. Tuvieron que hacer una nueva.
- Tienes un nuevo fan.
- ¿Ein?
- Nada, que vaya coña.
- ¡Ah!

Continué por el averno zamorano hasta la presa de Miranda y, mientras la cruzo, aparece un aviso en la pantalla de la moto: la lámpara de cruce se quedó frita. No me preocupo mucho, lo principal es meterse una ducha fría y gestionar la comida, que los portugueses comen temprano.

Presa de Miranda

Me quedé en la Hospedería Flor do Douro. Por 25 euros tienes desayuno, habitación grande y nueva, terraza y garaje solo para motos. Regalao. Por cierto, por estos lares comen como animales, igual que nosotros. El menú del primer restaurante que encontré te da reservas para dos o tres días tranquilamente.

Liquidé el tema de la lámpara en un taller de Honda y Sthil. Muy agradable el paisanetu, no tenía la bombilla pero marchó a no sé donde por ella. Viaje, lámpara y mano de obra por diez euretes.

Duchao, fartucu y con la moto en condiciones, tocaba mimetizarse con el medio y hacer turisteo. Marché a un par de pueblos cercanos a intentar ver algo llamativo. Quería ver un castro, por ejemplo. Mala idea ir en chanclas, pantalón corto y descamisao. La carretera se convirtió en pista de tierra pindia y desastrosa. Me puse a caminar un poco, pero casi cuarenta grados me hicieron desistir rápidamente. El castro lo intuí, a lo lejos...

Por ahí abajo anda el castro.
A la vuelta, paro en el bar del pueblo. Amena charla políglota con un par de parroquianos. Una cerveza. Otra. Una más. Ya no tengo calor, Otra. Pruebo el orujo de la tierra, buenísimo. Otra Super Bock. Otro poco de orujo. Qué desastre. Vuelvo a Miranda para ver el museo. Cerrado, claro. Pues otra birra.

Curioso rincón de Aldeia Nova

Paseando por la parte vieja de Miranda vuelvo a entablar conversación con otros parroquianos. En este caso el tendero de un puesto de recuerdos, repleto de productos y utensilios típicos de una casa mirandesa. Si le dices que yes asturianu es como si le dieras cuerda. Dos horas dándole a la húmeda. Luego se suman más familiares al intercambio cultural astur-mirandés. La señora me entiende cuando digo que tengo fame. Justo delante de la tienda regentan el Restaurante Sao Pedro, así que me dicen que vaya a cenar allí, que me convidan al vinho da terra. Dicho y hecho. Pruebo la famosa posta de vitela mirandesa. Brutal. Espectacular. Después de la cena seguimos dándole a la húmeda. Arreglamos la economía portuguesa, la española y hasta la griega. Ye lo que tienen las conversaciones de chigre, amigos.


Lo que queda del castillo de Miranda

La tienda de recuerdos do Planalto Mirandés.

El Restaurane São Pedro. ¡Volveré, amigos!

Hora de dormir. Con veintiocho grados se hacía complicao. Ventanas abiertas, visitas a la terraza a echar algún pitu. Se oían bramidos desde la habitación contigua, como si hubieran abierto las puertas del zoo. Exagerao. Apoyado en la barandilla de la terraza veo que en la de al lado hay un bulto de sábanas y almohadas en el suelo. Me fijo un poco más y hay alguien "durmiendo". Sospecho que es la pareja del que brama.

La mañana me recibe con otro espectacular día de sol. Desayunando en el hotel hay una pareja de franceses. Él es un puto oso de dos por dos. A la francesa, pequeña y menuda, le llegan las ojeras hasta el pescuezo: se confirman las sospechas de la noche.

El hotelero me desea buen viaje y me regala una navajina de recuerdo. Tiro de intuición para ir hacia Bragança, me da pereza poner el GPS. ¡Qué carretera! ¡Curvas! ¡Curvas! A media mañana estoy visitando el castillo fortaleza de Bragança, imponente, muy bien conservado. Disfruto, dentro de lo que permite la ropa de moto, caminando por el castillo y contemplando las vistas de la ciudad.



Casinas dentro del Castelo de Bragança

Vistas de Bragança

Continúo camino hacia el Atlántico por la carretera que bordea el Parque Natural de Montesinho. Sigo disfrutando de buenas curvas. Sobre las cuatro de la tarde aterrizo en un bar de Chaves, a la sombra. Hay ambiente, así que acabo en un hotel enorme, de esos que tienen solera, el Aquae Flaviae. Tanta solera que siguen anclados en los setenta. Se salva la cama y que tiene parking gratis.

Aguachirri portugués

Muralla de Chaves

Castillo de Chaves

Alrededor del castillo de Chaves

Dom Alfonso. Primer duque de Bragança, pariente de un colega.

Ceno con contundencia y me voy a tomar unos pelotos a un bar cercano al hotel. Veo ceniceros sobre la barra que no están reconvertidos en papelera, tienen ceniza. Trinco al camarero y me dice que en Portugal se puede fumar en los bares que paguen una licencia para ello. Muy cara, apostilla el tipo. Con el cigarrín, los Beefeater saben a gloria.

Al día siguiente me tomo con calma la carretera hacia Braga, retorcida como ella sola. Todo el camino está plagado de carteles indicando lugares de interés como puentes medievales, arquitectura románica, tumbas y un largo etcétera cuya visita hay que planificar para el siguiente tour.

Llegados a este punto ya me empiezo a dar cuenta de que los portugueses conducen como el puto culo. Gente que te da paso en linea continua y si no los pasas montan en cólera (varios), coches que directamente toman la curva por el carril contrario, un trailer adelantando a todo lo que se mueve y cuyo bamboleo al verte aparecer te sube las pelotillas a la garganta...

Chaves, camino de Braga

No tengo ni puta idea de dónde es esto

Llegar al centro de Braga se complica. El móvil haciendo las veces de GPS a treinta y pico grados hacen que el cacharro se vuelva loco y me deje a ciegas para llegar al centro. Lo consigo, no sin antes montar algún cirio en un par de cruces.

Castelo de Braga

Braga desde el Jardim da Avenida Central

Como el GPS sigue frito, salgo a palpu de Braga camino de Viana do Castelo. En menos de sesenta kilómetros la temperatura baja casi diez grados y, joder, parece que hace hasta frío, claro. Después de soltar la moto, maletas y roña en el hotel, toca conocer el pueblo, y sus bares. Pago la cerveza al irrisorio precio de noventa céntimos. Huelga decir que me invité a unas cuantas.

Viana es pequeño, pero cuando te pones a caminar te das cuenta de que es más largo que un día sin pan. Quiero sacar una foto desde la colina donde está el santuario de Santa Luzia pero después de la caminata decido dejarlo para la mañana del día siguiente antes de marchar.

Viana do Castelo. El santuario de Santa Luzia al fondo.

Río Lima

Fuerte de Santiago da Barra, en Viana, hoy convertido en escuela de hostelería

De vuelta en el hotel Rali, con cansancio ya acumulado, qué mejor que probar su spa. Y qué bien que en el hotel solo haya guiris, eso hace que a las siete de la tarde estén cenando y la piscina, las saunas y los chorros que te dejan nuevo son todos para tí. Relax total. Cena, un par de pelotos y mañana será otro día.

Aquí estuve hasta que los dedos parecían castañas mayucas
Amanece en Viana. Llueve. Niebla. Desayuno con calma a ver si va abriendo el día. Acabo de desayunar y no solo no abre, sino que va a peor. Las vistas de Viana desde el santuario tendrán que quedar para mejor ocasión. Confío en que, al llegar a las Rías Baixas, el tiempo esté un poco mejor para participar en una orgía de marisco y vino blanco. Entro en Galicia por Tui y la cosa está cada vez peor. Las previsiones meteorológicas siguen cambiando y lo que iba a ser un día nublado en el sur de Galicia se torna en tormentas y posibilidad de granizo. Se acaba el viaje, muy a mi pesar. Autovía hasta Ourense y a disfrutar de la carretera junto a los cañones del Sil antes de llegar a Asturias.

Amenazo con Volver.

Cada vez me gusta más esta moto

Venga, majetes. ¡Que vos preste!

lunes, 29 de junio de 2015

Cocer en Ancares

Comenzamos la jornada motera desayunando hacia las diez y algo en la terraza de un bar de Belmonte. Dos parejas de mediana edad como vecinos de mesa. Las señoras, café. Ellos, coñac. Pasa una chica resultona, bien apretada, pantalones muy cortos. Uno de los paisanos hace un comentario. Su paisana le suelta una directa. Se lanzan unos cuantos dardos y él acaba diciéndole en su puta cara que piensa en otras mientras se la aprieta. Así, sin paños calientes, oiga. El día promete.

Subimos Somiedo relajadamente para ir calentando, dejando atrás las nubes mañaneras, esquivando domingueros. El sol empezaba a asomar. Temperatura óptima para esto de hacer el friki sobre dos ruedas.

Solazo en Somiedo

Camino de Fabero, ver el termómetro de la BMW subir de medio grado en medio grado empezaba a acojonar y auguraba que las siete u ocho horas de viaje que nos quedaban iban a ser aún más agotadoras de lo normal.

Desde el alto del puerto de Lumeras empezamos a contemplar nuestro objetivo principal: Los Ancares. También pudimos constatar que dicho alto es el jodedero del pueblo, a juzgar por las decenas de clínex esparcidos por la zona.

El jodedero Puerto de Lumeras

Divertidísimo camino hacia el Puerto de Ancares aunque la carretera ya necesita reparaciones urgentes. Hay boquetes cojonudos y argayos cada dos por tres. Por supuesto, no podían faltar las vacas en nuestra ruta. Cerca de Candín faltó poco para llevarnos un rebaño por delante; nos apartamos y dejamos que pasaran pacientemente... con treinta y tres grados cayendo casi verticales sobre nuestros cascos.


Por ahí se juntan León, Lugo y Asturias
La subida por el Valle de Ancares

Nos fuimos de Balouta bien fartucos. El sol ya abrasaba. Dejamos Ancares y camino de Ibias la carretera se empezaba a emputecer más de la cuenta. Muchos tramos son mantos de gravilla y furacos continuos. A Jutiel le baila la rueda trasera en una frenada antes de entrar en una curva. Rodando por los alrededores de Rao no faltó el susto de una ardilla de Chernóbil, enorme, saliendo en una curva. Poco después, en otra curva, casi salgo por orejas gracias a la grava. Jutiel, que venía detrás dice que el latigazo fue tremendo. Subido en la moto, sentir cómo se te van los cerca de doscientos cincuenta kilos que llevas entre las patas da miedo. Mucho miedo. No sé si salvé por dejar de acelerar de forma instintiva, porque iba despacio, si saltó el control de tracción o si se me apareció algún santo, pero libré el pase. A partir de ahí, con 35 grados, sin sombra en la carretera y completamente acojonado, llegar hasta San Antolín fue un suplicio. Además, la carretera de Sena a San Antolín da puto asco, pena y dolor. Vergüenza tenía que darles a los responsables. Imagino que esperarán a que se mate alguien para arreglarla.

Balouta. Esa pista lleva a Pelliceira. Hay que catarla.
San Antolín desde la carretera de Sena
Se puede apreciar que los carriles son muy, muy anchos

En Ibias estábamos agotados, cocidos, sudando como gochos, tensos, a punto de abandonar la ruta prevista. Una hora a la sombra y cerveza bien fría nos espabiló. Recuperamos las ganas de seguir. Volvimos a salir de Asturias, ahora hacia Fonsagrada, haciendo una pequeña parada en Riodeporcos, pueblo de Ibias al que solamente se accede por una pista forestal o por Lugo, cruzando un puente Colgante sobre el río Navia exclusivamente para peatones.



Riodeporcos y el río Navia desde un mirador camino de Fonsagrada

Desde Fonsagrada la carretera ya mejora. Nos plantamos en un momento en Los Oscos. Primero una foto en Santalla, luego una birra en Samartín y decidimos rematar la faena tirando hacia Pesoz, Salime, y Subir el Palo como última tachuela del día.

En Santalla
Embalse de Grandas de Salime. La cara de susto aún no se me había quitado.

Alrededor de quinientos kilómetros y el culo ya insensible. Trece horas de viaje. Temperaturas siempre superiores a treinta grados. La piel pegañosa de tanto sudar. Sustos de muerte. Putas motos de mierda. Esto engancha, ¡joder!

¡Que vos preste!

martes, 6 de enero de 2015

Sol de invierno, ¡vaya cutu!

¡Cómo nos engaña el Astro Rey! ¡Y nosotros que nos dejamos engañar!

Está claro que estos días de sol no son gratis. Te levantas por la mañana con un sol enorme, prestosu, calentino... Hasta que asomas el focicu por la ventana, claro. Ya se sabe, escarabaya, pinga el mocu... Pero tenemos mono de moto. Somos conscientes de que la xelá de por la noche nos la vamos a comer nada más arrancar, pero nos autosugestionamos diciendo que ese sol tiene que calentar, que no está tan frío. Los cojones.

El día 31 de diciembre nos presentamos Dani, las motos y un servidor en la ya tradicional despedida del año motero en el Fitu, que junta un buen puñao de motos a los pies de su mirador para brindar y dar un poco la lengua. El termómetro de la moto no auguraba calor precisamente. Salir del garaje con tres grados ya hace presagiar que no va a ser un agradable paseo y que hay que proteger bien la huevera si no queremos quedarnos sin ella. Sigues mirando la pantalla y aquello no deja de bajar, hasta llegar a ver los tres y pico bajo cero en algunos tramos. Paramos por el camino unas cuantas veces a meter las manos de Dani en el motor de la Van Van, se le congelaban los dedos.

Arriba, calor y cuatro gatos. Entre ellos, Piki, con el que hicimos el recorrido de vuelta pa Gijón después de un pinchu, una birra y unas risas en Arriondas.

Lo dicho, cuatro gatos :)
Parlamentando con Piki
Vistas desde el Fitu. Gracias, Dani, por las fotos.

Y con tanto frío se te quitan las ganas de volver a coger la moto en una temporada, claro. Pues los cojones, otra vez.

Hoy, después del café mañanero, me propuse ir en busca del trío de oriente, que se olvidó de pasar por casa un año más. Enfoqué hacia San Isidro, a ver si los camellos se habían congelao por allí, pero ni rastro. Solo encontré a los chicos de verde sacando fotos, que de puta casualidad no me regalaron nada.

Parada en La Raya para calentar un poco con el segundo café del día. Poca nieve y mucha sal en la carretera. Subida bastante divertida. Primeros síntomas de congelación en las gónadas.

Y luego hasta Boñar. La bajada fue un poco más puta. La sal ya no fue tan efectiva como en la vertiente asturiana y muchas curvas cercanas al embalse del Porma tienen un cote de hielo que te va guiñando el ojo cuando las negocias. Otro café. Los dedos de las manos se quieren morir. Ni paro a sacar fotos por no quitarme los guantes. La gente te mira raro; sus ojos dicen "el gilipollas de la moto con el moco pingando".

Pajares

Sal como pa una boda

Vaaamosss, esa cafeína que se note. Mejora un poco la temperatura y enseguida estoy atacando Pajares. Pero vuelven los fantasmas a partir de la Robla. Hielo cunetero. Pies insensibles. Manos muertas. Moco congelao. De lo otro ni hablo... Cuarto café del día en el puerto y me tiro hacia Campomanes... A estas alturas ya no se siente frío. Total, nadie me oye quejarme.

Gijón me recibe con unos agradable trece grados. Quito la sal de la moto y a comer.

- ¡Hola! Ya estoy aquí.
- ¿Se te quitarían las ganas ya de pasar frío en moto, no?
- ¡Los cojones!

Ale, ¡que vos preste!